Los que ahora son padres y madres de 40 y 50 años habían jugado en la calle y en el parque, solos, durante años. Iban solos al colegio, se peleaban y hacían las paces con sus amigos en el camino a casa… Ahora los acompañamos al cole, con suerte caminando, les transportamos de extraescolar en extraescolar y al llegar a casa y después de hacer los deberes, el premio puede ser un rato de consola. Es hasta difícil quedar para jugar con el vecinito, porque sus clases de piano no coinciden con tus clases de judo. ¿Dónde les queda ahora la libertad a los niños, qué vendrá bruscamente cuando se conviertan en adolescentes? ¿Habrán tenido tiempo de practicarla para hacer un buen uso después?
La psicóloga Maite Romero es categórica: “Metemos a los niños en un mundo de prisas, por dos razones: los horarios laborales, que llevan a necesitar tener al niño ocupado y tutelado hasta que lleguemos a casa, y también que los padres están cada vez más obsesionados en que aprendan cosas extras, como inglés o danza. El niño no debe tener tanto tiempo ocupado como para que no pueda respirar en el día a día.”
Los maestros se quejan de que los niños hacen los deberes deprisa y corriendo, que se nota que siempre tienen “algo más que hacer” después, conectarse al Messenger, mirar una serie de la tele… y que el ritmo diario no les permite asentar los conocimientos que van adquiriendo en la escuela y consolidando en los deberes. Del mismo modo, jugar les permite digerir todo lo que han aprendido, en la escuela y en la vida. Romero insiste:” Los niños cada vez juegan menos y eso repercute negativamente en su desarrollo. Si no les dejamos jugar, tendremos niños muy diferentes a los de ahora.”
Según explica esta psicóloga, la mejor manera de ayudarles a suplir esta carencia de libertad es darles “tiempo y espacio de relación con otros niños, la relación entre iguales, sin reglas de profesores o alumnos. Les ayuda a asumir reglas, solucionar conflictos, negociar, practicar la libertad”.
La realidad es que en el día a día la relación entre niños disminuye porque se han de ajustar al ritmo de vida de los adultos. La psicóloga advierte: “Muchos niños se tienen que subir precipitadamente al carro de sus familias”.
La pedagoga Imma Marín advierte también contra las “largas jornadas laborales” de los niños y da algunas pistas para suplir la carencia de libertad actual: usar las ludotecas; recuperar el parque y jugar con chándal, para ensuciarse; abrir patios de escuelas en horas no lectivas para tener un espacio protegido del tráfico para divertirse; propiciar que vengan amiguitos a casa, y reservar cada día diez minutos para jugar con nuestros hijos.
La psicóloga Maite Romero resume, rotunda: “Hay que frenar el ritmo. Creo que la mayoría de los padres nos damos cuenta de lo que está pasando, pero nos escudamos en excusas como no tener tiempo. Hay que reflexionar sobre nuestro ritmo diario, ser valientes y hacer cambios para dejar respirar al niño. Dejar tiempo para jugar no es perder el tiempo.”
1 de febrero, 2009. MAGAZINE, La Vanguardia
martes, 5 de mayo de 2009
lunes, 26 de enero de 2009
LA EDUCACIÓN DE LOS NIÑOS
El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a la vida. Vigilar no se opone a consentir, sólo es corregir un poco nuestra locura.
GUSTAVO MARTÍN GARZO
En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.
Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.
En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.
Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.
En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".
Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".
Gustavo Martín Garzo es escritor Licenciado en Filosofía y Letras en la especialidad de Psicología
Fuente: elpais.com 15/06/2008
GUSTAVO MARTÍN GARZO
En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.
Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.
En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.
Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.
En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".
Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".
Gustavo Martín Garzo es escritor Licenciado en Filosofía y Letras en la especialidad de Psicología
Fuente: elpais.com 15/06/2008
lunes, 24 de noviembre de 2008
Aprender ensuciándose
El poder pedagógico de las manchas…
En los primeros años de la vida del niño es esencial para el
desarrollo de su sociabilidad que se relacione
con sus iguales. El centro infantil se convierte en el espacio
ideal para que haga amigos y aprenda las normas
sociales. Pero también para que experimente y descubra
por sí mismo el entorno que lo rodea.
Los centros infantiles se deben a estrictos códigos de conducta
en lo referente a la higiene de los espacios y de los
niños. Sin embargo, en las últimas decadas, las manchas han
adquirido una interpretación muy negativa, dejando atrás su
valor pedagógico.
Cada vez son más los especialistas en pediatría, educación
y psicología que recuerdan que ensuciarse forma parte del
juego y del proceso natural de descubrir el mundo, un factor
fundamental en el desarrollo de los más pequeños. Según un
estudio realizado por una marca comercial de detergente, un
90% de las madres españolas con hijos menores de 13 años
opina que es bueno ensuciarse al jugar, aunque al mismo
porcentaje no les gusta que sus niños salgan a la calle, por
distintos motivos.
El barro, el agua o la hierba proporcionan a los pequeños
sensaciones que ningún juguete puede superar, amén de
enseñarles a adaptarse al mundo y a descubrir sus límites, de
liberar emociones y de abrir las puertas a la creatividad.
Encerrar a los niños en una burbuja tampoco es bueno para
su salud. Caminar descalzos y aprender a gatear en el suelo
es mejor para su desarrollo motriz, y prepara al sistema
inmunológico ante los elementos patógenos que provocan más
tarde las alergias.
Ante la utopía de que jueguen sin mancharse, sólo queda:
• Asegurarnos de que lleven “ropa de batalla”.
• Enseñarles a lavarse las manos a fondo después del juego
y antes de comer.
• Comprobar que llevan las uñas cortitas.
•Si juegan en plena naturaleza, verificar que no hay heces.
Los antecedentes
A lo largo de la historia de la educación encontramos numerosos
ejemplos de profesionales que han defendido el contacto con la
realidad como el mejor método para que los niños aprendan. Ya
en el siglo XVIII Jean Jacques Rosseau afirmaba que “la mejor
escuela es la sombra de un árbol”. En España, fue la Escola del
Bosc, institución pedagógica de comienzos del siglo XX, la que,
desde su sede en el Montjüic, convirtió las clases al aire libre
en su seña de identidad. Pero, sin duda, el caso más claro es la
experiencia vivida hace no demasiadas generaciones, cuando la
calle era el territorio de juego de los niños, el lugar en el que,
además de divertirse y aprender, se ensuciaban.
Aprender ensuciándose
Boletín periódico para
los afiliados de Ticket Guardería®
Tercer cuatrimestre 2008
El poder pedagógico de las manchas
En los primeros años de la vida del niño es esencial para el
desarrollo de su sociabilidad que se relacione
con sus iguales. El centro infantil se convierte en el espacio
ideal para que haga amigos y aprenda las normas
sociales. Pero también para que experimente y descubra
por sí mismo el entorno que lo rodea.
Los centros infantiles se deben a estrictos códigos de conducta
en lo referente a la higiene de los espacios y de los
niños. Sin embargo, en las últimas decadas, las manchas han
adquirido una interpretación muy negativa, dejando atrás su
valor pedagógico.
Cada vez son más los especialistas en pediatría, educación
y psicología que recuerdan que ensuciarse forma parte del
juego y del proceso natural de descubrir el mundo, un factor
fundamental en el desarrollo de los más pequeños. Según un
estudio realizado por una marca comercial de detergente, un
90% de las madres españolas con hijos menores de 13 años
opina que es bueno ensuciarse al jugar, aunque al mismo
porcentaje no les gusta que sus niños salgan a la calle, por
distintos motivos.
El barro, el agua o la hierba proporcionan a los pequeños
sensaciones que ningún juguete puede superar, amén de
enseñarles a adaptarse al mundo y a descubrir sus límites, de
liberar emociones y de abrir las puertas a la creatividad.
Encerrar a los niños en una burbuja tampoco es bueno para
su salud. Caminar descalzos y aprender a gatear en el suelo
es mejor para su desarrollo motriz, y prepara al sistema
inmunológico ante los elementos patógenos que provocan más
tarde las alergias.
Ante la utopía de que jueguen sin mancharse, sólo queda:
• Asegurarnos de que lleven “ropa de batalla”.
• Enseñarles a lavarse las manos a fondo después del juego
y antes de comer.
• Comprobar que llevan las uñas cortitas.
•Si juegan en plena naturaleza, verificar que no hay heces.
Los antecedentes
A lo largo de la historia de la educación encontramos numerosos
ejemplos de profesionales que han defendido el contacto con la
realidad como el mejor método para que los niños aprendan. Ya
en el siglo XVIII Jean Jacques Rosseau afirmaba que “la mejor
escuela es la sombra de un árbol”. En España, fue la Escola del
Bosc, institución pedagógica de comienzos del siglo XX, la que,
desde su sede en el Montjüic, convirtió las clases al aire libre
en su seña de identidad. Pero, sin duda, el caso más claro es la
experiencia vivida hace no demasiadas generaciones, cuando la
calle era el territorio de juego de los niños, el lugar en el que,
además de divertirse y aprender, se ensuciaban.
Aprender ensuciándose
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Tercer cuatrimestre 2008
El poder pedagógico de las manchas
jueves, 20 de noviembre de 2008
viernes, 29 de agosto de 2008
EL APRENDIZAJE POR DESUBRIMIENTO
María, una niña de dos años y medio, jugaba aquel día con pinturas de dedos. Tenía un enorme trozo de papel de embalar blanco en el suelo de la sala i también las pinturas (amarillo, rojo, azul y blanco). La consigna que di a los niños fue : “Hoy jugamos a pintar con los dedos y las manos en el papel”.
Ella, entusiasmada con este juego, repetía distraidamente el nombre de los colores, Vemell’(rojo) ........ ’Bau’(azul) ....... `Ve-mell’......mientras dejaba su trazo sobre el papel. Poco a poco fue mezclando dos colores y, como por arte de magia, encontró un nuevo color al que bautizó como: Baumell ¡!!
Después, ella jugaba a las casitas cuando se acercó hacia mi con una sonrisa de oreja a oreja y me dijo mostrándome su muñeco: “Este tiene el pelo Baumell”. Su muñeco tenía el pelo de lana Lila.
REFLEXIONES
Me pregunto cómo educar de manera que se posibilite al máximo el aprendizaje por ‘descubrimiento’. Para mi son éstos los aprendizajes realmente significativos para uno mismo. Mi experiencia me dice, desde el juego, jugando. Pero no todos los juegos o propuestas lúdicas se refieren al juego que permite al niño, aunque no sea siempre tan evidente como en el relato de María, descubrir algo nuevo. Es desde el juego no dirigido cuando se da la posibilidad al niño/a (también a los adultos) para conectar con su mundo interno, sus intereses, sus inquietudes, deseos, Motivaciones! No se trata de entender, saber o encontrar qué se ‘descubre’, la importancia está en posibilitar el juego creativo. Hay ‘descubrimientos’ que no son evidentes, pequeños cambios que van por dentro de uno, pequeñas transformaciones...no por eso menos importantes!!!
El descubrir se da desde el no saber (curioso ¿no?), a menudo desde la distracción y la sorpresa. Es cierto que necesitamos unas directrices básicas que nos orienten y nos den un margen de contención, unos límites (suficientemente anchos) para que pueda darse el juego creativo. No se trata de dirigir el juego, más bien todo lo contrario, es decir, dejarse jugar sin objetivo, por el placer de jugar.
La propuesta del taller era: “Hoy jugamos a pintar con los dedos y las manos en el papel”... Yo no tenía ni idea de lo vendría después. Pasan cosas sorprendentes.... Aprendo mucho!
Inés Cullell Falguera
Psicóloga Clínica
viernes, 23 de mayo de 2008
La paciencia ha desaparecido
A boca de jarro
Augusto Cury
Domingo 10 de junio de 2007
Augusto Cury
Domingo 10 de junio de 2007
"En España, el 80 por ciento de los maestros, muchos de ellos profesores universitarios, tiene estrés; en Brasil la cifra alcanza el 91 por ciento. Cuentan que se despiertan agotados, doloridos, con migraña, que sufren insomnio. He viajado mucho en estos últimos seis meses y la queja es la misma en casi todo el mundo.
¿Qué pasa?", se pregunta el médico psiquiatra brasileño Augusto Cury, de paso por Buenos Aires, donde vino a presentar la versión en castellano de su libro Nunca renuncies a tus sueños . "Pregunté: Para ustedes, ¿qué es más importante para formar un intelectual, la duda o el pensamiento elaborado ? Todos respondieron que la duda, entonces volví a preguntar: ¿qué es lo que enseñan ustedes? Honestos, asumieron que impartían conocimientos preelaborados. ¡Ese es el problema!", apunta el visitante.
Augusto Cury es un estudioso de las formas en que la mente procesa los pensamientos y de una de sus consecuencias: la psicología educativa. En los últimos años trató de escribir obras que le permitieran acercarse al hombre de la calle, y de la versión en portugués de Nunca renuncies a tus sueños ya se vendieron tres millones de ejemplares.
-¿Cómo funciona el sistema educativo?
-Damos a los jóvenes un conocimiento terminado. No los estimulamos para que investiguen, cuestionen, descubran, creen. Fundamentalmente, para que se atrevan a pensar por sí mismos. El sistema encarcela el yo, lo aprisiona en la platea, no lo estimula para que asuma su papel de director del guión de su historia. Los jóvenes no se encuentran preparados para enfrentar los desafíos exteriores ni los conflictos interiores. No saben proteger sus emociones, administrar sus pensamientos, exponer sus ideas, pensar antes de reaccionar. Todo esto se agrava por lo que denomino síndrome del pensamiento acelerado .
-¿Qué es el síndrome del pensamiento acelerado?
-Reflexione sobre este dato: el conocimiento que antes se duplicaba cada dos siglos, hoy se duplica cada cinco años. El exceso de información, asociado con el aumento de estímulos provocados por la televisión y el consumo, ha dado lugar a una generación en la que tanto adultos como chicos son incapaces de concentrarse. Pierden con rapidez el placer que dan las cosas que logran, poseen una mente agitada. Tan importante para la salud emocional, la paciencia ha desaparecido. Si la computadora demora un minuto más en completar una operación, la gente se irrita. El aula es el último lugar donde los niños y los adolescentes quieren estar.
-¿Qué pasa con los padres?
-Quisimos darles lo mejor, ahorrarles dificultades. Pusimos televisión, computadoras y videojuegos en sus dormitorios. Los abrumamos con cursos de idiomas, computación, yudo, natación, música, danza... ¡golf! La intención fue buena; el resultado, pésimo.
-¿Qué deberían haber hecho?
-No nos dimos cuenta de que los chicos necesitan tener infancia, inventar, correr riesgos, frustrarse, divertirse, admirar las cosas simples de la vida. Que las funciones más importantes de la inteligencia dependen de las aventuras que se viven cuando uno es un chico. Hemos creado un invernadero para nuestros hijos, que se han convertido en la generación más insatisfecha, ansiosa y desmotivada que haya pisado el planeta Tierra. Es necesario que los ayudemos a soñar, a ser ingenieros de ideas. Llevarlos a sentir que son seres humanos con un enorme potencial intelectual; el futuro de la humanidad está en juego.
-¿Ese es el tema de su libro?
-Sí, pero tenemos que cambiar la manera de mirar. Porque el que quiera realizar sus sueños no debe esperar caminos sin obstáculos ni victorias sin accidentes. Y los padres y educadores deben incentivar al que fracasa para que extraiga sabiduría de sus experiencias. Equivocarse es una etapa de la invención. Por eso, la cultura de que el que acierta tiene notas altas y el que yerra es castigado es una falta de respeto a la riquísima pedagogía de prueba y error que promovió las conquistas de la historia. Recordemos que caímos muchas veces hasta que aprendimos a caminar. Según el músico Miles Davis, no hay que temer a los errores porque no existen. Todo depende de cómo uno los enfrenta.
-¿Recuerda ejemplos de errores famosos?
-Sir Alexander Fleming descubrió la penicilina gracias a un hongo que contaminó el portaobjeto con un cultivo que había dejado sin protección en el laboratorio. Este error salvó a millones de personas. Y el físico alemán Wilhelm Röntgen descubrió los rayos X por un descuido en la manipulación de una placa fotográfica.
-¿Cuál es la función de los sueños?
-Voltaire decía que los sueños y la esperanza nos fueron dados para compensar las dificultades de la vida. Los sueños son como las brújulas del corazón, los proyectos de vida. No son como los deseos que van y vienen. Los sueños dan sentido a la existencia, algo por lo que vale la pena vivir, renuevan la esperanza cuando sentimos que el mundo se nos viene abajo. Somos únicos y, en realidad, no hay gente de éxito y gente fracasada: hay personas que luchan por realizar sus sueños y otras que renuncian a ellos.
Luis Aubele
martes, 8 de abril de 2008
AUGUSTO CURY, psiquiatra, psicoterapeuta y científico
Augusto Cury es médico psiquiatra en ejercicio desde 1980. En los últimos años ha desarrollado su faceta como autor con el objetivo de llegar a todas las personas que deseen mejorar su calidad de vida. De los libros que ha publicado en los últimos ocho años, cuatro son líderes indiscutibles de ventas en Brasil y Portugal. Las ediciones en portugués de Nunca renuncies a tus sueños y Padres brillantes, maestros fascinantes han estado en las listas de más vendidos durante un año y han vendido más de dos millones de ejemplares en Brasil. Sus ideas pioneras en psicología educativa se han adoptado como cursos de posgrado en quince universidades en Brasil. Dirige la Escola de Inteligencia en el interior rural del estado de São Paulo, un centro académico sobre «psicología preventiva» para maestros y profesionales de la salud mental, entre otros.
“ No hay jóvenes difíciles, sino una educación inadecuada”
P. Usted es una de las muchas voces que se han alzado contra lo que podríamos denominar la muerte de la infancia: horarios apretadísimos, poco tiempo para jugar, ausencia de experiencias directas, entretenimiento virtual…
R. La educación a nivel mundial atraviesa un momento muy grave. Estamos formando jóvenes sin capacidad de observación ni crítica. Hemos creado una fábrica de personas estresadas y ansiosas, y los padres y profesores tienen que hacer una verdadera revolución para enseñar a las nuevas generaciones a proteger la emoción, a pensar antes de reaccionar, a colocarse en el lugar de los otros. Son todas dimensiones muy importantes de la inteligencia, imprescindibles para conseguir una buena salud psíquica.
P. ¿Hay que enseñar a ser feliz?
R. Enseñamos que hay que asegurar el coche, la casa, hacerse un seguro de vida, proteger las cosas materiales…, pero no transmitimos el mensaje ni damos las herramientas necesarias para proteger el territorio más importante, que no es otro que el emocional.
P. En su libro critica con insistencia la sobreinformación, otro rasgo que define nuestra era. Nuestros hijos activan tantas ventanas mentales que, paradójicamente, se les paraliza el cerebro.
R. Viven sometidos a lo que yo llamo pensamiento acelerado. Muchos pedagogos y psicólogos aseguran que los niños actuales son agresivos e indisciplinados por culpa de los padres. Yo sin embargo pienso que los padres sí intentan inculcar un sentido de la disciplina, pero fracasan porque la velocidad de pensamiento es tan alta que, cuando un padre o una madre corrigen a un hijo, a éste no le da tiempo a asimilar ese momento educativo. El ambiente propicia que en seguida aparezca en el teatro de la mente una nueva imagen, un nuevo pensamiento, por lo que el mensaje no queda debidamente registrado.
P. ¿Y qué hacer?
R. Las viejas teorías y métodos de la pedagogía y la educación ya no funcionan, no sirven para penetrar en estas mentes tan agitadas, casi incapaces de concentrarse por un tiempo prolongado. Hay que sorprender, buscar lo inesperado. Si no, es muy difícil captar la atención de las nuevas generaciones. En el ámbito familiar, yo preconizo que los padres aprendan a compartir su historia con sus hijos, que les hablen de sus sueños y sus éxitos, pero también de sus fracasos. Hay que enseñar que el podio llega después de muchas derrotas.
P. ¿Así que para ganarse la admiración de los hijos, para ser un referente y un modelo, mejor mostrarse como seres humanos y no como superhéroes?
R. Los padres que nunca reconocen errores ni enseñan debilidades, que no hablan de la frustración como un elemento consustancial a la vida, no van a formar pensadores, personas que desarrollen las funciones básicas de la inteligencia.Reconocer nuestros errores no nos disminuye: nos hace personas más sabias, solidarias y tolerantes, con más empatía. He conocido muchos triunfadores que son buenos para la sociedad y verdugos para sí mismos, incapaces de perdonarse, de reconocer sus errores.
P. Dice que el padre brillante ha de transmitir el valor de las cosas que no cuestan dinero, por ejemplo el tiempo en familia. Sospecho que muchos tendrán que asimilar ellos mismos esta enseñanza antes de traspasarla a sus hijos…
R. Hace dos años una de mis hijas me dijo: "Tú que escribes para millones de personas, que das tantas conferencias y escuchas a tantos pacientes, últimamente no dialogas conmigo". Al principio intenté darle todo tipo de argumentos, le dije que muchas personas se beneficiaban del trabajo de su padre, que tal y que cual. Luego no tuve más remedio que admitir que un especialista en el diálogo, en la comunicación entre personas, estaba fracasando, estaba descuidando el diálogo con su propia hija.
P. En su libro concilia dos visiones opuestas de la educación: por un lado, poner límites y saber decir que no; por el otro, pretender ser amigos de nuestros hijos. Difícil equilibrio.
R. Es una lucha diaria, como caminar sobre un alambre. Hay que utilizar toda nuestra creatividad y nuestra intuición. Por así decirlo, el truco sería algo así como disciplinar con generosidad..
“ No hay jóvenes difíciles, sino una educación inadecuada”
P. Usted es una de las muchas voces que se han alzado contra lo que podríamos denominar la muerte de la infancia: horarios apretadísimos, poco tiempo para jugar, ausencia de experiencias directas, entretenimiento virtual…
R. La educación a nivel mundial atraviesa un momento muy grave. Estamos formando jóvenes sin capacidad de observación ni crítica. Hemos creado una fábrica de personas estresadas y ansiosas, y los padres y profesores tienen que hacer una verdadera revolución para enseñar a las nuevas generaciones a proteger la emoción, a pensar antes de reaccionar, a colocarse en el lugar de los otros. Son todas dimensiones muy importantes de la inteligencia, imprescindibles para conseguir una buena salud psíquica.
P. ¿Hay que enseñar a ser feliz?
R. Enseñamos que hay que asegurar el coche, la casa, hacerse un seguro de vida, proteger las cosas materiales…, pero no transmitimos el mensaje ni damos las herramientas necesarias para proteger el territorio más importante, que no es otro que el emocional.
P. En su libro critica con insistencia la sobreinformación, otro rasgo que define nuestra era. Nuestros hijos activan tantas ventanas mentales que, paradójicamente, se les paraliza el cerebro.
R. Viven sometidos a lo que yo llamo pensamiento acelerado. Muchos pedagogos y psicólogos aseguran que los niños actuales son agresivos e indisciplinados por culpa de los padres. Yo sin embargo pienso que los padres sí intentan inculcar un sentido de la disciplina, pero fracasan porque la velocidad de pensamiento es tan alta que, cuando un padre o una madre corrigen a un hijo, a éste no le da tiempo a asimilar ese momento educativo. El ambiente propicia que en seguida aparezca en el teatro de la mente una nueva imagen, un nuevo pensamiento, por lo que el mensaje no queda debidamente registrado.
P. ¿Y qué hacer?
R. Las viejas teorías y métodos de la pedagogía y la educación ya no funcionan, no sirven para penetrar en estas mentes tan agitadas, casi incapaces de concentrarse por un tiempo prolongado. Hay que sorprender, buscar lo inesperado. Si no, es muy difícil captar la atención de las nuevas generaciones. En el ámbito familiar, yo preconizo que los padres aprendan a compartir su historia con sus hijos, que les hablen de sus sueños y sus éxitos, pero también de sus fracasos. Hay que enseñar que el podio llega después de muchas derrotas.
P. ¿Así que para ganarse la admiración de los hijos, para ser un referente y un modelo, mejor mostrarse como seres humanos y no como superhéroes?
R. Los padres que nunca reconocen errores ni enseñan debilidades, que no hablan de la frustración como un elemento consustancial a la vida, no van a formar pensadores, personas que desarrollen las funciones básicas de la inteligencia.Reconocer nuestros errores no nos disminuye: nos hace personas más sabias, solidarias y tolerantes, con más empatía. He conocido muchos triunfadores que son buenos para la sociedad y verdugos para sí mismos, incapaces de perdonarse, de reconocer sus errores.
P. Dice que el padre brillante ha de transmitir el valor de las cosas que no cuestan dinero, por ejemplo el tiempo en familia. Sospecho que muchos tendrán que asimilar ellos mismos esta enseñanza antes de traspasarla a sus hijos…
R. Hace dos años una de mis hijas me dijo: "Tú que escribes para millones de personas, que das tantas conferencias y escuchas a tantos pacientes, últimamente no dialogas conmigo". Al principio intenté darle todo tipo de argumentos, le dije que muchas personas se beneficiaban del trabajo de su padre, que tal y que cual. Luego no tuve más remedio que admitir que un especialista en el diálogo, en la comunicación entre personas, estaba fracasando, estaba descuidando el diálogo con su propia hija.
P. En su libro concilia dos visiones opuestas de la educación: por un lado, poner límites y saber decir que no; por el otro, pretender ser amigos de nuestros hijos. Difícil equilibrio.
R. Es una lucha diaria, como caminar sobre un alambre. Hay que utilizar toda nuestra creatividad y nuestra intuición. Por así decirlo, el truco sería algo así como disciplinar con generosidad..
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